Terrorismo
Cristina Cuesta, directora de la Fundación Miguel Ángel Blanco: "Homenajear a las víctimas da sentido al drama que vivimos"
El 26 de marzo de 1982, Enrique Cuesta no llegó a su casa a comer. Delegado de Telefónica en Guipúzcoa, fui tiroteado en plena calle por pistoleros de ETA. Su hija cuenta su historia

- Sonsoles Echavarren
Cristina Cuesta relata su historia delante de una gran fotografía en blanco y negro. En ella, proyectada en la pantalla del salón de actos, aparece una Cristina niña que besa a su padre, Enrique Cuesta, en los primeros años sesenta. Dos décadas después, aquel hombre, de 53 años y delegado de Telefónica en Guipúzcoa, fue tiroteado por tres pistoleros de los Comandos Autónomos Anticapitalistas de ETA en plena calle, cuando se dirigía a comer a su casa, en el barrio donostiarra de Amara. Nunca llegó. Cristina Cuesta sumaba entonces 20 años y estudiaba Periodismo en Bilbao cuando su vida se transformó por completo. El asesinato de su padre durante los años de plomo la obligó a dejar los estudios, comenzar a trabajar y se erigió en una de las principales voces de las víctimas del terrorismo en España. Madre de un hijo, hoy reside en Madrid, es la directora gerente de la Fundación Miguel Ángel Blanco e imparte formación a escolares, como a los alumnos de 2º de Bachillerato del colegio San Ignacio (Jesuitas) de Pamplona. "Homenajear a las víctimas da sentido al drama que vivimos".
Cuesta se remonta a 1980 para explicar su relación directa con el terrorismo de ETA. En aquel año, la banda terrorista asesinó al entonces jefe de su padre, Juan Manuel García Cordero, padre a su vez de siete hijos. La compañía ofreció entonces a Cuesta ocupar su cargo o trasladarse con su familia a Zaragoza. “Recuerdo que mi madre dijo: ‘No nos vamos porque nosotros no hemos hecho nada’. Y mi padre asumió el cargo. Aquella decisión valiente fue una gran lección de vida”. Durante dos años, continúa el relato, la familia vivió una libertad vigilada y el padre contaba con dos escoltas (policías nacionales). “Ingenuamente, pensábamos que no iba a pasar nada porque mi padre estaba protegido”. Nada más lejos de la realidad. El mediodía del 26 de marzo de 1982, hace ahora justo 43 años, sonó el teléfono en su casa. “Una voz que nunca olvidaré me dijo que bajara deprisa porque a mi padre le había pasado algo. No sé cómo descendí los nueve pisos”. Cristina se dirigió entonces al hospital y exigió ver a su padre. “Allí estaba, en una camilla en medio de un pasillo. Esa imagen me acompañará siempre mientras viva”. A los cinco días, falleció uno de los dos escoltas, el policía Antonio Gómez, de 24 años y con un hijo, que había resultado malherido. El segundo escolta, subraya, ese día no trabajaba y se libró del atentado. "¿Creéis que es una víctima del terrorismo aunque su nombre no aparezca en los listados? Tuvo un sentimiento de culpa terrible por pensar que él podía haber evitado el atentado y durante mucho tiempo estuvo de baja psicológica. Es otra de las consecuencias del terrorismo".
“Para los terroristas, mi padre y sus escoltas eran ‘sus objetivos’. Ellos cosificaban a las personas. ETA era una excelente máquina mafiosa, extendía siempre la sospecha sobre las víctimas para que la sociedad pensara: ‘Algo habrán hecho’. Primero te amenazaban, luego te asesinaban y finalmente te insultaban”. Así recuerda la situación que vivió ella en la Universidad del País Vasco en su ciudad, donde comenzó a estudiar Filosofía en horario nocturno tras haber dejado Periodismo y comenzado a trabajar como administrativa en Telefónica en abril de 1982. Las pancartas de ‘Gora ETA’ eran frecuentes en el campus. “Fue muy duro. La Policía me dijo que la información para atentar contra mi padre podía haber salido de sus propios compañeros de trabajo”.
APLAUDIR A LOS ETARRAS
Cuesta relata el destino de los tres asesinos de su padre. Uno, que colaboró con la justicia, fue asesinado en la cárcel de Málaga "seguramente por esa colaboración". Oro fue abatido años después por la Guardia Civil y el tercero, tras unos años en Francia y Venezuela, está a punto de salir de la cárcel tras cumplir una condena de veintidós años. “El miedo de nuestra familia es que le hagan un homenaje en su pueblo, que le reciban con música y aplausos. Y que aún haya personas que consideren que es un héroe”. Ese terrorista, insiste, no se ha arrepentido ni pedido perdón a su familia. “El perdón no me interesa ni tener un encuentro restaurativo porque no hay nada que restaurar. Yo no soy quién para perdonar en nombre de mi padre, que ya no puede hacerlo. He conseguido superar mi odio y mi rabia y me siento orgullosa de pertenecer a un sistema democrático que permite que personas como él tengan una segunda oportunidad".
Cuesta, que el próximo año cumplirá cuatro décadas impartiendo charlas sobre las víctimas de ETA, aplaude proyectos como el del colegio San Ignacio. "Os regalo mi historia porque quiero recuperar la memoria, la justicia, la verdad y la dignidad. Las víctimas no solo no nos hemos vengado sino que ofrecemos nuestro testimonio a vuestra generación, la primera que no ha conocido de primera mano la violencia terrorista". Más de 300 asesinatos, concluye, continúan aún sin resolver y sus asesinos, sin juzgar. "Pero hemos conseguido derrotar a muchas bandas. Y a mí, lo que nadie me puede negar es que mi padre quería llegar a comer aquel día a casa con su familia y no pudo".